Max Sir ha residido este último tiempo en Lviv y Kiev, ciudades ucranianas que — entre otras — han estado sometidas a un bombardeo constante durante la guerra en curso. Esta es una situación difícilmente omisible a la hora de exponer sus últimas obras, realizadas en su ciudad natal después de haberla dejado hace más de quince años, para radicarse “en el mundo”. Cada lugar de residencia le ha impreso su sello contextual, desde la escena teatral a las artes visuales, pasando por la novela gráfica.
Max Sir fusiona la escritura y el dibujo, conceptos que según Paul Klee resultan inseparables, para interrogar el destino de la imagen y explorar nuevas formas expresivas. Mediante técnicas que evocan el arte de la costura — con líneas sinuosas y trazos interrumpidos, — el artista esculpe el tiempo y crea una huella gráfica que retiene la experiencia del límite. Esta deliberada manipulación del tiempo es esencial en su obra, donde cada trazo refleja una pausa consciente y una invitación a meditar sobre el devenir de lo visible.
En su búsqueda de la ficción de lo perfecto, Max Sir reconoce que el secreto de su arte reside en la imperfección. Los vacíos entre líneas y los matices inacabados revelan una emoción pura, traduciéndose en un “toque” personal que deja una huella autobiográfica. Una especie de “declaración de intenciones” que lo eleva por encima de una existencia fragmentaria, amenazada por la lejanía de su tierra natal y la cercanía extrema de su tierra de acogida.
Así, su ceremonial captura del espíritu del animal no solo desafía la autosuficiencia de la imagen, sino que también ofrece un consuelo esperanzador ante una existencia fragmentaria marcada por la distancia de lo ancestral y la proximidad de lo contemporáneo.
Justo Pastor Mellado
Viña del Mar, enero 2025.
