Vía El Mercurio
Por Macarena Ruiz Balart
La neurocientífica Nazareth Castellanos suele decir que meditar es escuchar lo que pasa dentro de uno mismo. La música, en cierto sentido, es lo contrario y lo mismo a la vez, escuchar lo que otro produce para que resuene en nuestro interior. Y ahí ocurre el milagro, un sonido que no me pertenece logra transformarme. Quizás por eso la música es la más universal de las artes y la más íntima de las experiencias.
Esa experiencia está ocurriendo ahora en Viña del Mar. Del 5 al 10 de octubre, en el maravilloso Teatro Municipal y en el Club de Viña del Mar, se desarrolla la 49ª versión del Concurso Internacional de Ejecución Musical Dr. Luis Sigall, mención violonchelo. Se trata de uno de los certámenes más prestigiosos de América Latina, con una historia que desde 1974 ha proyectado a jóvenes talentos hacia los grandes escenarios del mundo. Durante una semana, la ciudad se convierte en un laboratorio sonoro que reúne a músicos eximios de Holanda, Estados Unidos, Alemania, España y Chile. Vienen con sus violonchelos al hombro y con una pasión que desborda, la de transformar disciplina y esfuerzo en belleza compartida.
El violonchelo tiene algo especial. No es casual que la neurociencia lo describa como un instrumento que se acerca a la voz humana, capaz de activar en nuestro cerebro circuitos ligados a la empatía. Por eso conmueve tanto, porque escuchar un chelo es como escuchar a alguien hablar sin palabras. Y porque, cuando lo hacemos en comunidad, ocurre algo asombroso. Los estudios muestran que el público sincroniza ritmos cardíacos y ondas cerebrales con los intérpretes. Un concurso como el Sigall convierte, por unos minutos, a toda una ciudad en un solo organismo que late al compás de un arco.
Cada concursante debe enfrentar además un reto único. Interpretar la obra chilena obligatoria Didascália I, de Nicolás Ahumada. Una pieza que explora texturas frágiles, sonidos impuros y gestos poéticos que invitan a escuchar de otro modo. Allí se encuentra también nuestra identidad local, una voz chilena que dialoga con Bach, Dvorak o Shostakovich, recordándonos que lo universal y lo propio pueden sonar juntos.
El Sigall no es solo música. Es tradición y futuro al mismo tiempo. Medio siglo de historia lo ha convertido en una plataforma que rejuvenece con la energía de intérpretes que aún no cumplen treinta años. Esa paradoja lo hace único, porque une medio siglo de memoria con la vitalidad de la juventud y, además, porque sitúa a Viña del Mar en el mapa de los grandes concursos internacionales.
Que ocurra en Viña del Mar tiene un sentido mayor. La ciudad no quiere ser solo postal de verano. Quiere ser reconocida, y ya lo está siendo a través de la UNESCO, como Ciudad Creativa de la Música. El concurso muestra cómo cultura y turismo pueden encontrarse, cómo los hoteles, restaurantes y calles se llenan de sonidos, idiomas y conversaciones en torno al arte.
El próximo año la 50ª edición será un hito. Pero ya ahora, en este 2025, la invitación es clara. Que cada vez la ciudad vibre más con la música. Que escuchar juntos en el Teatro Municipal o en el Club de Viña no sea un privilegio de unos pocos, sino un acto común, casi cotidiano. Una ciudad que aprende a escuchar su música aprende, también, a escucharse a sí misma.
